En abril, la empresa de videojuegos, Epic Games, organizó una serie de eventos con Travis Scott al interior del universo de Fortnite, su título más popular. En ellos, una representación virtual del artista (construída a partir de pixeles) presentó su nuevo sencillo en colaboración con Kid Cudi, titulado “The Scotts”.

A diferencia de otros realizados durante la pandemia en plataformas como Zoom, los usuarios no vieron una imagen real del trapero estadounidense, pero eso no fue una limitación. Según informó la compañía, la audiencia alcanzó un total de 28 millones de espectadores en sus cinco fechas y, debido al éxito de la instancia, repitieron la modalidad de espectáculo el pasado 31 de octubre, pero con la presencia del reggaetonero J Balvin en vivo desde un estudio en Los Ángeles, California.

La imposibilidad de hacer presentaciones de manera presencial —debido a la expansión del coronavirus— ha obligado a que la industria musical busque nuevos espacios de difusión con el apoyo de la tecnología; un fenómeno que, si bien, se ha desarrollado a lo largo de la historia, hoy vive un proceso de aceleración.

A mediados de la década del 70, el filósofo Marshall McLuhan escribió una de sus frases más célebres: “el medio es el mensaje”. La cita, publicada en Understanding Media: The Extensions of Man (1964), se refiere a que el origen de la emisión de contenidos se relaciona directamente con los significados que busca comunicar.

Aquello también se presenta en la música: la información transmitida en un álbum o una gira de conciertos es el resultado de la interacción entre compositores, intérpretes, representantes legales, sellos discográficos, soportes digitales y agencias de publicidad, junto a una lista extensa de participantes.

En el artículo “Audio’s Opportunity and Who Will Capture It”, el analista corporativo, Matthew Ball, plantea en su blog que los medios de comunicación —como la música, las obras audiovisuales y los videojuegos— son la tecnología en sí misma; a diferencia del tradicionalismo que expone a esta última —únicamente— como canal de difusión. Según argumenta en el documento, “esto se debe a que no solo permite categorías de contenido, sino que también les da forma y define sus modelos comerciales”.

Tal perspectiva se muestra explícitamente en el caso de Fortnite, en donde usuarios de todo el mundo se reunieron para ver una imagen 3D del estadounidense, en un total de cinco fechas de nueve minutos realizadas en solo tres días. Aun así, medios de actualidad como Rolling Stone, The Guardian, BBC, Forbes, Variety y The Hollywood Reporter, entre otros, se refirieron a la instancia como un concierto y no solo como un evento virtual protagonizado por el holograma.

La industria de la música se encuentra en pleno periodo de transformación.

Dos siglos de revoluciones por minuto

Según el análisis histórico de Ball, los primeros discos surgieron en la década de 1850, pero fue recién en 1878 cuando su producción empezó a estandarizarse; dos años después de que Thomas Edison inventara el fonógrafo y uno desde que reprodujo “Mary had a little lamb” como la primera pieza artística audible en su dispositivo.

En un inicio, se hicieron versiones de 10 y 12 pulgadas, las cuales almacenaban tres y cuatro minutos de audio respectivamente. Aquello marcó los tiempos que más tarde adoptarían la mayoría de los sencillos en el mercado musical.

Ya en 1948, el sistema había sufrido numerosas transformaciones para mejorar su calidad, mientras que los vinilos de 45 RPM —con duración aproximada de tres minutos— se convertían en los predilectos de las empresas relacionadas. No solo porque eran los más baratos de producir, sino que también porque las radios recibían propuestas de disqueras y artistas independientes en ese formato, para así reproducir las obras seleccionadas en sus estaciones.

Esto significó que las canciones con mayor duración a la mencionada, no podían difundirse a través de la señal; por lo que la industria adoptó rápidamente ese margen de ejecución.

Datos recolectados por Michael Tauberg y ordenados por Matthew Ball

Pero los avances aliviaron las restricciones que tenía el vinilo, por lo que entre 1959 y 1992 —periodo en el que también se popularizó el cassette desde el 70 y el CD desde el 80—, la duración de los sencillos alcanzó hasta dos minutos adicionales. Aun así, casi todas las pistas mantenían una extensión aproximada de entre 3:20 y 4:10.

Si bien la tecnología permitió temas más largos, el analista asegura que ello generó lo contrario y que, incluso, reforzó el control sobre el modelo de negocios.

Un ejemplo fue “Shine on You Crazy Diamond” de Pink Floyd, el cual está dividido en 9 partes que suman 26 minutos. Cuando este fue publicado en 1975, el título completo cabía en un solo disco, por lo que los fanáticos podían comprarlo una vez y escucharlo la cantidad de veces que quisieran.

Treinta años después, Apple apostó por un nuevo patrón: vender individualmente cada una de las secciones. Esto permitió que los usuarios pudiesen comprar exclusivamente sus fracciones favoritas de la composición, además de que iTunes amplió su oferta con nueve productos en vez de uno.

Aquel método se intensificó con la llegada de las plataformas bajo demanda, tales como Spotify, Apple Music y Tidal. Con estas, los consumidores pudieron optar por el acceso continuo a un catálogo amplio, a cambio del pago de una suscripción mensual.

Los artistas empezaron a monetizar su trabajo, particularmente en Spotify, según la cantidad de reproducciones mayores a 30 segundos de sus temas; sin importar su duración total. Eso llevó a que la industria impulsará la mayor cantidad de títulos dentro de un mismo álbum, por lo que los más extensos pasaron a segmentarse en preludios, interludios y secciones más acotadas; acción que —si son escuchados— genera mayores regalías.

El autor ejemplifica con el caso de “Old Town Road” de Lil Nas X, la cual se posicionó 19 semanas consecutivas en las listas de Billboard con solo 1:53, es decir, la mitad de una canción promedio en 2019 según su estudio. Esto se traduce en que, por la misma cantidad de tiempo de reproducción que otro tema de ese año, el artista generó el doble de ingresos.

—Las discográficas también están animando a simplificar los nombres de las creaciones, para así asegurarse de que sean captados por los altavoces controlados por voz y las pantallas táctiles —, expresa en el documento, para después añadir que mientras más palabras tenga una pista, mayor es la dificultad de encontrarla.

A un click de distancia

Nathan Apodaca es el verdadero nombre @420doggface208, un perfil de Tiktok que se dedica a compartir videos con canciones clásicas de fondo. El 26 de septiembre, hizo una publicación en la que pasea por skate en una avenida, mientras bebe jugo de berries directamente desde la botella y escucha el sencillo “Dreams” de Fleetwood Mac./La Tercera-

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