Es imposible saber con precisión cuántas personas mueren por una enfermedad nueva, porque no hay forma de diagnosticar a todos los individuos que la padecen. Cualquiera que fallece en su casa, antes de ser atendido por un médico, o que llega al hospital en un estado tan crítico que apenas llega a ser tratado, puede figurar en las estadísticas como una defunción natural, pero por causa desconocida.

El problema se maximiza cuando la enfermedad es altamente contagiosa y la gran mayoría de quienes se infectan la cursan con síntomas leves. Por eso es tan difícil saber cuántas personas mueren realmente por covid-19. Incluso los datos informados por los países con los sistemas más organizados de información sanitaria deben ser tomados con reserva.

Este inconveniente hace muy difícil dimensionar el impacto real de esta pandemia en términos de mortalidad. Y puede llevar a conclusiones equivocadas, cuando se pretende analizar la respuesta sanitaria de un país mirando exclusivamente los decesos oficialmente imputados al coronavirus.

Fotografía de un paciente en una sala UCI, en el Hospital de Less, donde se tratan a varios pacientes con síntomas de coronavirus, en Quito, Ecuador (EFE/José Jácome/Archivo)Fotografía de un paciente en una sala UCI, en el Hospital de Less, donde se tratan a varios pacientes con síntomas de coronavirus, en Quito, Ecuador (EFE/José Jácome/Archivo)

La mejor manera de sortear estos obstáculos es ver la evolución de la mortalidad general a lo largo del año, porque es mucho más fácil contar la totalidad de las personas que mueren, sin importar las causas. Por otro lado, comparar las defunciones de 2020 con las de los últimos años es la única forma de estimar confiablemente cuál fue el efecto concreto del covid sobre la salud pública.

Es cierto que el año no terminó y que no todos los países publican en tiempo real la información que reúnen sobre los fallecimientos en todo su territorio. Pero algunos tienen estadísticas muy actualizadas. Infobae analizó una muestra de 30 naciones y comparó la cantidad de personas que murieron este año con el promedio de los cinco anteriores. Algunos resultados son llamativos. Otros, no tanto.

Lamentablemente, este ejercicio no se puede hacer en Argentina, que está entre los 14 países con mayor mortalidad reportada por covid. A diferencia de las demás naciones grandes de América Latina, no se publican datos semanales ni mensuales de defunciones.

América Latina, la región en la que más creció la mortalidad

Todos los países que publican información sobre las muertes que se van produciendo a lo largo del año tienen cierto rezago, porque recabar y procesar los datos lleva su tiempo. Holanda y el Reino Unido son los que ofrecen números más actualizados, ya que informan los decesos totales hasta la semana 50 del año, es decir, hasta el 13 de diciembre.

En un segundo escalón están Chile, Portugal, Bélgica, Bulgaria, Austria, Suiza y Nueva Zelanda, que llegan hasta la semana 49. Y en el tercero están Suecia, Francia, España, Perú y Ecuador, que incluyen hasta la 48. Luego siguen Alemania, Finlandia, México, Eslovenia, Israel, Noruega y Hungría, hasta la 47; Estados Unidos y Brasil, hasta la 46; República Checa, hasta la 45; Grecia, Polonia y Colombia, hasta la 44; Italia y Corea del Sur, hasta la 40; y Canadá, hasta la 34.

En todos los casos, se confrontan los decesos totales confirmados por cada país con el promedio registrado entre 2015 y 2019 en las mismas semanas. Para hacer viable la comparación entre naciones de tamaño muy dispar, lo que se observa es cuánto aumentó la mortalidad en el período en términos porcentuales.

Utilizando este criterio, se aprecia que hay tres países que sufrieron incrementos mucho más significativos que el resto. El primero es Ecuador, que de enero a noviembre de 2020 reportó una suba del 53,6% en las defunciones, frente a la media de esos 11 meses en los cinco años anteriores, según datos del Registro Civil y del Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos.

Ecuador es un buen ejemplo de hasta qué punto es problemático medir el impacto sanitario de la pandemia mirando solo las muertes confirmadas por covid, ya que informa 13.990, pero al mismo tiempo reporta 37.230 decesos más de lo habitual. En mortalidad por habitante aparece en el puesto 25, con 787 muertos por coronavirus cada millón de personas, cuando probablemente estaría mucho más arriba si el registro hubiera sido más preciso.

En segundo lugar está Perú, con un aumento del 43,1 por ciento. Es uno de los números que hay que tomar con mayores precauciones, ya que la base en la que se actualizan las estadísticas de mortalidad, que es el Sistema Informático Nacional de Defunciones (SINADEF), tiene algunos problemas. El principal es que está totalmente descentralizado el sistema de carga de datos y no hay demasiado control sobre qué se registra y qué no. Eso explica que el SINADEF informe que en 2018 murieron 112.813 personas, cuando el Instituto Nacional de Estadística e Informática reporta que fueron 151.689.

Como los datos del INEI son mucho más robustos, se toma de allí la base de comparación. Pero si en 2020 la diferencia entre las muertes publicadas por el SINADEF y las reales fuera comparable a la de 2018, el incremento en los decesos sería mucho mayor y se acercaría al de Ecuador.

El tercer país es México, con una suba del 38,7%, según los reportes de la Secretaría de Salud y del Sistema de Información de Vigilancia de Enfermedades Respiratorias. El subregistro de los decesos por covid también parece muy importante ahí, ya que se cuentan 121.837, pero el exceso de muertes hasta el 22 de noviembre asciende a 248.344.

Cuarto, bastante más atrás, está Colombia, con 24,9% de defunciones por encima de lo normal, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística. Y quinto aparece el primer país no latinoamericano, que es España, con un aumento del 18,6 por ciento, de acuerdo con el sitio especializado OurWorldInData, de la Universidad de Oxford, utilizado como fuente para las naciones de las otras regiones y para Chile.

Bastante cerca están los otros dos países de la región incluidos en la muestra: Brasil, con un incremento del 18,5%; y Chile, con uno del 17,6 por ciento. Después vienen, en orden, Estados Unidos (15,9%); Bélgica (14,4%); Reino Unido (13%); Holanda (10,6%); Portugal (10%); Bulgaria (9,6%); Francia (9,6%); República Checa (9,1%); Israel (9%); Eslovenia (8,9%); Italia (8,6%); Austria (8,6%); Suiza (7,8%); Polonia (7,5%); Canadá (6%); Suecia (5,1%); Corea del Sur (5,1%); Grecia (3,9%); Finlandia (2,5%); Alemania (2%); y Hungría (1,8%). En Noruega y Nueva Zelanda la incidencia del covid-19 fue tan baja que directamente descendió la mortalidad: 0,7% en el primero y 1,2% en el segundo.

Lo más interesante de estos indicadores es que permiten poner en cuestión muchos de los juicios que hicieron gobernantes, epidemiólogos y expertos a lo largo del año. En América Latina, tanto Perú como Ecuador trataron de contener el virus con confinamientos draconianos, que incluían toques de queda y prohibiciones absolutas para salir a la calle algunos días de la semana. En contraposición, la respuesta del estado federal brasileño fue totalmente laxa y por momentos caótica, y la acción de los gobiernos estaduales varió a lo largo del territorio. Sin embargo, la mortalidad estuvo muy por debajo en Brasil.

Pero el ejemplo más claro es el de Suecia, cuyo enfoque ha sido tan vapuleado, especialmente en los últimos meses del año, por no haber podido evitar una segunda ola de contagios —al igual que casi todo el planeta—. No obstante, apenas aumentaron 5,1% los decesos totales. Es cierto, es más que en sus vecinos Finlandia y Noruega, pero mucho menos que la gran mayoría de los países. Incluso naciones que fueron elogiadas por las acciones de sus gobiernos, como Canadá, Austria e Israel. Y con la ventaja de que las escuelas estuvieron abiertas todo el año y de que las personas tuvieron una libertad de movimiento impensable en muchos otros países, por no hablar de las consecuencias sanitarias de largo plazo de los confinamientos.

Una incógnita que presentan estos datos es cuán diferentes serían si se incluyera la totalidad de diciembre, mes en el que varios países experimentaron fuertes rebrotes y, en algunos casos, más muertes por coronavirus que en cualquier otro momento. Una forma de aproximarse a ese número es ver la relación entre la suma de los decesos por covid y de las defunciones esperables para cada semana, y el número total de muertes semanales en los meses anteriores. A partir de eso es posible hacer una estimación de la mortalidad para todo 2020, dado que las cifras de muertes por covid sí se actualizan día a día.

Al analizar las proyecciones de mortalidad para los 12 meses del año no hay grandes cambios en los primeros puestos. Ecuador (50,2%), Perú (39,4%), México (39%) y Colombia (26,9%) continúan como los primeros cuatro, dado que no registraron saltos bruscos en la mortalidad por coronavirus en las últimas semanas. Entre los latinoamericanos, el que sube casi un punto porcentual (de 18,5% a 19,40%) es Brasil, que trepa al quinto lugar, precisamente por el incremento que experimentó entre noviembre y diciembre, tras varios meses de caída en contagios y muertes.

El impacto más notable lo experimentan los europeos, sobre todo aquellos que están teniendo una segunda ola tanto o más agresiva que la primera. Eslovenia sube casi nueve puntos, de 8,9% a 17,7%; Polonia, ocho, de 7,5% a 15,7%; República Checa, siete, de 9,1% a 16,1%; Hungría, cinco, de 1,8% a 7,2%; e Italia casi cinco, de 8,6% a 13,2 por ciento.

Bomberos asisten al funeral del jefe Luis Páez tras su muerte por COVID-19 en Guayaquil, Ecuador, el 24 de abril de 2020 (REUTERS/Santiago Arcos/Archivo Foto)Bomberos asisten al funeral del jefe Luis Páez tras su muerte por COVID-19 en Guayaquil, Ecuador, el 24 de abril de 2020 (REUTERS/Santiago Arcos/Archivo Foto)

El covid-19 frente a las grandes epidemias de la historia

La pandemia de coronavirus puede pensarse de maneras contrapuestas. Si se la mira desde el corto plazo, es dramática. No hay en los últimos años nada parecido a aumentos del 15%, 25% o 50% en la mortalidad total de un año a otro en países que no están en guerra. Son números que impactan.

Sin embargo, cuando las cifras se presentan de otra manera, son menos estremecedoras. En el caso de Ecuador, por ejemplo, ese incremento tan grande en las defunciones significa que la tasa de mortalidad pase de una media de 0,43% entre 2015 y 2019 a 0,64% en 2020. Es decir que en un año normal mueren cuatro personas cada mil, pero en 2020 murieron seis.

A pesar del impacto del covid, en todos los países latinoamericanos la tasa de mortalidad se mantuvo por debajo de 1 por ciento. Es que son todas naciones con una población relativamente joven, en las que la expectativa de vida aumentó mucho en las últimas décadas, así que en términos relativos fallece poca gente. La pandemia no cambió eso.

Bulgaria es el país con la tasa más elevada de la muestra, que duplica o triplica a la de los latinoamericanos. En 2020 fue de 1,78%, lo que implica que mueran casi 18 personas sobre 1000. Pero ya era el país con la mortalidad más alta. El incremento con el coronavirus fue de 0,21 puntos porcentuales: de 1,57% a 1,78 por ciento.

Soldados en cuarentena mientras se recuperan de la gripe española en Camp Funston, Kansas, en 1918 (Ejército de los EE.UU/REUTERS/Foto de archivo)Soldados en cuarentena mientras se recuperan de la gripe española en Camp Funston, Kansas, en 1918 (Ejército de los EE.UU/REUTERS/Foto de archivo)

De modo que cuando se mira la actual pandemia desde una perspectiva histórica, lo que está sucediendo parece un poco menos alarmante, porque no tiene comparación con ninguna de las grandes epidemias del pasado. La de gripe española en 1918, por ejemplo, se estima que mató a entre 17 y 50 millones, en un mundo que tenía 1.800 millones habitantes, no 7.700 millones como ahora. Según un estudio del Instituto Nacional de Investigación en Salud y Medicina de Francia publicado en 2009, solo en Italia las muertes totales se incrementaron un 172% en 2018.

Si se retrocede aún más, las diferencias se agigantan. Se cree que la peste negra mató a al menos un tercio de la población europea en el siglo XIV. Y a buena parte de las comunidades nativas americanas las exterminaron más los virus que las armas traídas de Europa.

El progreso de la medicina en el último siglo persuadió a gran parte del planeta de que los virus ya no eran un problema. Es evidente que eso era una ilusión y el covid lo está demostrando. Lo bueno es que, incluso sin vacuna, esta peste tan temida es mucho menos letal que otras que acecharon a la humanidad durante siglos. /Infobae-

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