Mientras la comunidad científica busca una vacuna efectiva contra el COVID-19, los médicos aún tratan de entender las consecuencias a mediano y largo plazo que puede provocar el virus a aquellos que han resultado con diagnóstico positivo.

Una serie de estudios publicados en los últimos meses y la observación clínica de profesionales que están en primera línea ofrecen claves sobre las posibles secuelas de la enfermedad; no obstante, es imposible determinar si esas posibles derivaciones identificadas son temporales o permanentes.

Se sabe, por ejemplo, que algunos síntomas pueden persistir no solo en los casos más graves de la enfermedad y que, además del daño a los pulmones, el SARS-CoV-2 puede afectar al corazón, los riñones, el intestino, el sistema vascular e incluso el cerebro.

Especialistas del Hospital Alemán Oswaldo Cruz en Sao Paulo (Brasil) aseguran que un alto volumen de pacientes que registraron COVID-19 moderada sufren cansancio y dificultad respiratoria, por ejemplo.

Uno de los primeros estudios sobre la función pulmonar de los pacientes que habían sido dados de alta en China mostró que la reducción de la capacidad pulmonar era una de las principales consecuencias observadas, incluso entre aquellos que no estuvieron en estado crítico.

En la publicación especializada European Respiratory Journal, los médicos subrayan la incidencia de un fenómeno similar en epidemias causadas por otros tipos de coronavirus, en los que esta secuela duraba meses o años en algunos casos. Muchos de estos pacientes, indica, vuelven a sus actividades diarias, pero siguen sufriendo cansancio o ven su productividad o calidad de vida afectadas.

En ese sentido, los médicos recomiendan que los afectados deben realizar ejercicio físico, respetando las limitaciones del momento, y que traten de desafiar a su organismo paulatinamente para que se recupere, aunque aún se desconoce cuánto pueden durar estos síntomas. En los casos más severos es posible que se produzcan secuelas permanentes como fibrosis pulmonar, una enfermedad crónica caracterizada por el daño al tejido pulmonar y la formación de cicatrices.

En la actualidad, se sabe con certeza que los pulmones son una especie de «zona cero» para el SARS-CoV-2, es decir, una vez que el virus consigue cruzar la barrera inmunológica y se establece en los pulmones, sigue dañando otros órganos.

Un estudio reciente -con resultados preocupantes- llevado a cabo en Alemania halló que de 100 pacientes recuperados, el 78% registró algún tipo de anomalía en el corazón más de dos meses después de ser dado de alta. La mayoría (67%) había experimentado una forma leve de la enfermedad y ni siquiera habían sido hospitalizados. La evidencia científica señala que algunos pacientes presentan complicaciones tras superar la enfermedad provocada por el SARS-CoV-2. Asimismo, el peligro para los asintomáticos no solo es que pueden transmitir el virus sin saberlo, sino que también pueden llegar al hospital cuando es demasiado tarde.

Afectación neurológica y secuelas cutáneas

En el aspecto neurológico, una de las secuelas más características de la COVID-19 es la anosmia o pérdida de olfato, la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI), determinó que esta se produce por afectación directa del virus en el sistema nervioso central.

Aunque las manifestaciones en la piel no son constantes, existen y son de diferente gravedad e intensidad. Dermatólogos del Hospital Universitario de Móstoles en Madrid explican que cuando la piel sufre las consecuencias de la afectación vascular se produce lo que llamamos “necrosis”; pueden ir desde pequeñas cicatrices, si se han necrosado puntos pequeños, o si se han producido necrosis más extensas, como un dedo entero o todos los de un pie o de una mano. /Presencia Universitaria-

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