Paul McCartney no olvidó más esa noche. Hacia fines de 1968, en su casa de Cavendish, Londres, se había ido a la cama con un dejo de angustia, pues estaba viendo impotente cómo las cosas en The Beatles se estaban empezando a desmoronar con una inquietante rapidez. En el sueño, tuvo una visión.

“Vi a mi mamá. Fue algo maravilloso, y ella me tranquilizó mucho. En el sueño, me decía ‘todo saldrá bien’. No estoy seguro de si usó las palabras ‘Let it be’, pero esa era la esencia”, recuerda el bajista en Paul McCartney, la biografía, de Philip Norman (Malpaso, 2017)

Para Paul, volver a ver a su madre no era poca cosa. Ella, la enfermera Mary Mohin, había fallecido el 31 de octubre de 1956, producto de un cáncer de mama (como una cruel ironía del destino, la misma enfermedad que se llevaría a su esposa, Linda, años después).

En 1956, el creador de “Penny Lane” contaba con 14 años y la situación se dio de manera muy dramática y fulminante. El tumor se presentó en el cuerpo de Mary de manera agresiva y con una avanzada metástasis, en un momento en que Paul y su hermano Mike estaban fuera de Liverpool, en un campamento scout.

El padre, Jim, reaccionó rápido. Llevó a su esposa al hospital donde le diagnosticaron la enfermedad. Mary, como una calificada enfermera, sabía que un cáncer de mama equivalía a una sentencia de muerte. Antes de partir rumbo al Northern Hospital de Liverpool para someterse a una masectomía, y pese a los fuertes dolores que sentía, limpió la casa de arriba a abajo y dejó lavada y planchada la ropa de su esposo y sus hijos.

Cuando Paul y su hermano volvieron del campamento, su padre pasó a recogerlos y los llevó al hospital. Jim intentó hacer como si todo anduviera bien. Pero Paul vio sangre en las sábanas de la cama donde estaba su madre y comenzó a sospechar.

La masectomía no pudo realizarse debido a lo extendido del cáncer. Mary, católica como buena descendiente de irlandeses, pidió la extremaunción. Ya no había nada que hacer, salvo esperar el final.

El hecho fue algo que a Paul lo marcó. “La muerte de mi madre cuando yo tenía catorce años fue el gran golpe de mi adolescencia. Murió de cáncer, pero de eso me enteré más tarde, en el momento no supe de qué había muerto”, cuenta Paul en el libro The Beatles Anthology.

Sin embargo, ya desde esa edad, había adoptado la actitud pragmática que lo acompañaría para siempre. “Aquello fue lo peor para mí. Ver llorar a mi papá. Pero, había decidido que no permitiría que me afectara. Seguí adelante. Aprendí a rodearme de un caparazón”, cuenta Paul en la citada biografía de Philip Norman.

Por ello, cuando conoció a John Lennon no solo conectaron por su gusto por el rock ‘n roll, sino que, además, el autor de “Strawberry Fields Forever” también perdió a su madre, Julia Stanley, en 1958, atropellada por un policía borracho. Ese hito común fue una especie de cadena que los uniría fuertemente, como una hermandad.

Un catalizador

Al amanecer, y en algo similar como que le había ocurrido cinco años atrás con “Yesterday”, Paul comenzó a trabajar en el tema. Para él, el sueño no solo era una revelación, era un dejo de esperanza.

“Escribí la canción cuando todos esos problemas de negocios comenzaron a abrumarme. Realmente estaba pasando mi ‘hora de oscuridad’ y escribir una canción fue mi forma de exorcizar los fantasmas. Solía acostarme en la cama y preguntarme qué estaba pasando, y me sentía realmente paranoico”, explica el bajista en el libro Los Beatles, en el final, de Sergio Marchi y Fernando Blanco (Planeta, 2019).

Tras la muerte de su manager histórico, Brian Epstein, los Beatles habían creado la empresa (y sello discográfico) Apple, con el fin de manejar su carrera. Sin embargo, lo de Paul fue siempre ser el bajista y pianista de una banda de rock n roll, no un empresario preocupado de los balances. Además, no solo componía, sino que además debía preocuparse de otros artistas que producía –para Apple-, como la cantante Mary Hopkin.

Asimismo, las fuertes tensiones surgidas durante las grabaciones del White álbum, en 1968, habían mellado el espíritu de Paul. John Lennon había tomado con fuerza las riendas del grupo durante esas duras sesiones, y además, había encontrado una nueva pareja, Yoko Ono, quien no solo era una compañera afectiva, sino creativa. Con ello, Paul de a poco comenzó a quedar relegado.

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