Solidaridad, compasión, respeto, honestidad, entre otros, son los valores primordiales para sobreponernos a los múltiples retos que nos presenta esta pandemia.

La pandemia de coronavirus, como fenómeno global que amenaza la vida humana y que ha que obligado al confinamiento y al aislamiento social, termina por poner de relieve lo que verdaderamente importa: las familias, el medio ambiente, el quehacer médico, entre otros.  

El miedo a la infección y los instintos básicos de supervivencia pueden alterar significativamente la percepción que tenemos del otro, que puede ser visto como un agente que genera desconfianza en términos de su potencial infección y posible diseminación del virus. Las imágenes de las personas cubiertas con máscaras de protección o tapabocas hechos en los más insólitos materiales dan cuenta del actual estado de aprensión.

La distancia social es la norma y muchos gobiernos del mundo han adoptado el confinamiento de las poblaciones como la medida que apunta a desacelerar el crecimiento exponencial de la epidemia. La vida, tal y como la conocíamos, ha dado un giro de 180 grados; centros educativos, lugares de esparcimiento, comercios y hasta la vida social que llevábamos al interior de los hogares han tenido que dar un frenazo en seco.

La crisis actual nos está sacudiendo a todos como especie, y las estrategias de supervivencia necesariamente pasan por comprender que el apoyo y el cuidado mutuo son esenciales. Por lo tanto, si deseamos sobreponernos a los múltiples retos que, para la salud pública, para la economía y para el bienestar individual y comunitario, es clave realizar una breve reflexión ética sobre algunos valores cívicos primordiales.

Solidaridad: Se entiende como el deber de superar nuestros instintos más primitivos para adoptar una actitud empática y saber ponernos en el lugar de los demás. La solidaridad implica fraternidad, empatía y comprensión, por lo mismo, es fácil ser solidario con las personas a quienes amamos, pero no es tan fácil serlo con los desconocidos. La solidaridad se da ante todo con los anónimos.

Compasión: La fraternidad y al altruismo no deben quedar tan solo en palabras o buenas intenciones, exigen una práctica, una forma de actuación permanente que conlleve a la virtud de la compasión y el compromiso hacia los otros. La bondad y el desprendimiento requieren un cultivo permanente y una actuación reiterada que, en crisis como las que nos afecta, contribuyan a superar la fase puramente instintiva y egoísta de la propia supervivencia.

Reciprocidad: La reciprocidad exige una preocupación fraterna por el ser humano y su dignidad. La pandemia urge a repensarnos y a saber —como lo expresó en su momento Gandhi—, que «el cambio que deseamos ver en el mundo debemos realizarlo nosotros mismos».

Justicia: Esta situación impone retos importantes en términos de distribuir con justicia los bienes existentes. El primordial elemento de la redistribución justa implica la protección al personal de salud con las medidas adecuadas de bioseguridad y garantías laborales. De igual forma, la equidad implica el máximo esfuerzo y hasta donde sea posible, redistribuir los propios ingresos a través de donaciones, propinas generosas, suministro de mercados, pago de salarios (así el trabajador esté en imposibilidad fáctica de laborar) o ampliar el cuidado debido a los adultos mayores, entre otras acciones.

Honestidad: Las noticias falsas en las redes sociales, el engaño, la desinformación o descalificación de los esfuerzos, así como los mensajes atemorizantes que afectan la salud mental o despiertan los instintos básicos de supervivencia, van en contravía de los esfuerzos preventivos.  Los actos de corrupción o malversación de fondos destinados al control o mitigación de los efectos de la covid-19, representan una absoluta ceguera emocional, intelectual y moral, frente a lo que está en juego con la pandemia.

Respeto: El acatamiento a las indicaciones que dan las autoridades al igual que el diálogo, la confianza y el respeto necesarios en las relaciones de convivencia, son materia prima para mitigar la pandemia. No es admisible en ninguna circunstancia ejercer coacción, intimidación o violencia ya sea física, psicológica o sexual, contra nadie y particularmente, contra mujeres, niños y niñas.

Empatía: La empatía entendida como la capacidad de ponerse en la situación de quien actúa o piensa diferente, implica una actitud por la cual se reconoce que los derechos humanos son universales y mediante la cual me obligo al cumplimiento de unos deberes para con el otro. «Por lo mismo, el estigma y la discriminación atentan contra la salud pública y son casi que suicidas en estos momentos. ¿Podrá existir mayor falta de empatía que señalar y segregar a los médicos y profesionales de la salud que se encargan del cuidado no solo de los desconocidos sino también de familiares y amigos?», indica Luque.

Responsabilidad: El negar el problema, realizar festejos ignorando las medidas de aislamiento o movilizarse entre municipios para tomar unos días de descanso, no reflejan una preocupación real por sí mismo o por el otro. Los escenarios de desdén por la norma, discriminación, especulación o injusticia, pueden devolverse como bumerang atentando contra la propia vida.

Cuidado de sí: La actitud compasiva inicia por el cuidado de sí, entendido como algo que va más allá del cuidado higiénico de tapabocas, jabones o desinfectantes. «Citando a Michael Foucault, este cuidado se entiende como una observancia de sí, donde caben también las meditaciones, las lecturas, las conversaciones o la correspondencia en la cual uno expone el estado de su alma; implica un examen de las propias actitudes y comportamientos en mi relación con el otro, a efectos de combatir los propios defectos. El cuidado de sí se entiende no como un ejercicio de la soledad, sino como una práctica social,hoy más necesaria que nunca.

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