Fue una epifanía. Uno de esos momentos en que la inspiración se presenta sin más. Mientras daba una clase de guitarra en su pequeño departamento en West Hollywood, Tom Morello descubrió de pronto un riff que lo enganchó de inmediato. «Le estaba mostrando a alguien cómo hacer la afinación de D -cuenta en la biografía Know your enemy (2014, Omnibus Press), de Joel McIver-. Ese riff se derramó de mis dedos».

Al músico le bastó ese calor en las entrañas, propio de la emoción, para saber que tenía algo entre sus manos. Más bien entre sus dedos. Diligente, captó que debía hacer algo. «Tomé mi pequeña grabadora de cassette Radio Shack, grabé ese pequeño fragmento y luego continué con la lección», contó a Rolling Stone.

Para conseguir la afinación drop D, basta con afinar la sexta cuerda un tono más abajo que en el estándar en E (mi). Un truco sencillo, pero que en las manos afortunadas se transforma en una máquina con potencial destructivo. Un lanzamiento digno del mismísimo Thor. Por ello, Morello sabía que había dado con un azote sonoro que se podía convertir en un éxito. Y él, a poco de cumplir 27 años, sabía que en una industria musical ávida de sangre joven necesitaba un cañonazo para alcanzar la cima. Nada menos que eso.

Al día siguiente el guitarrista se presentó en el estudio en North Hollywood, y como un navegante que detalla los pormenores de sus descubrimientos, le mostró el riff a sus compañeros. De inmediato comenzaron a dar forma a la canción. «El bajo mágico de Timmy C, el tambor brutal de Brad Wilk y la convicción de Zack [de la Rocha] se fusionaron con la guitarra», detalló el músico al magazine.

Mientras tocaban, decidieron que no necesitaban mucho más. La letra es simple. Solo se repiten dos líneas por verso, dos más en los coros, hasta el remate en que De la Rocha grita de manera feroz «Motherfucker!». Menos es más, dice el lugar común. La frase «And now you do what they told ya» («Y ahora haces lo que te dijeron»), repetida como una invocación a la ira desperdigada en las conciencias, se transformó en una expresión que resume el ideario anticapitalista del cuarteto. Y por supuesto, su «chilenización» se canta -hasta hoy- a voz en cuello en las sudorosas tocatas de gimnasio escolar o en bares de mala muerte.

Los improperios escupidos por De la Rocha, hicieron que la canción tuviera una difícil recepción en las radios. Pero un descuido consiguió amplificar su alcance y contribuyó de forma decisiva a su éxito.

«El 21 de febrero de 1993, Bruno Brookes, parte de la nueva generación de presentadores de radio de BBC Radio One estaba tocando ‘Killing In The Name’ como parte del resumen de la lista esa semana -se detalla en la biografía-. Con los auriculares apagados mientras sonaba, estaba absorto en otras tareas y no se daba cuenta de los gritos y las líneas cargadas de improperios que salían de la radio hacia sus oyentes. Un productor le informó apresuradamente lo que estaba sucediendo y reaccionó desvaneciendo la canción, y luego se disculpó».

Aunque para Brookes fue demasiado tarde, para el grupo significó un golpe de publicidad que allanó el camino a su disco debut homónimo. «Los chicos metaleros de la época lo consideraban un triunfo. A los niños a quienes no les importaba la música les gustó porque representaba una patada en los dientes a la autoridad -escribe McIver-. Todos los demás al menos fueron informados de que existía una banda de cuatro palabras y su primer single de cuatro palabras, un golpe de marketing, si alguna vez hubo uno».

Es que las líricas creadas por el vocalista fueron como una bofetada en la cartelera pop. Su tono apocalíptico resumía varios de los tópicos que por entonces interesaban a su autor. «Pobreza contra riqueza, explotación de las masas por intereses creados, los crímenes de guerra de la élite, el fracaso de la educación, la esclavitud mental y física de usted y de mí…todas estas cosas fueron escupidas y estampadas por este chico apasionado con rastas», agrega el biógrafo.

En «Killing in the Name» no se iba con rodeos. Apuntaba a la policía y a sus criterios al momento de actuar en el nombre del orden. «Algunos de los que trabajan las fuerzas/on los mismos que queman cruces», repite De la Rocha una y otra vez. «Los que murieron son justificados/por llevar la insignia, son los blancos elegidos», asegura.

«Todo el mundo tiene plena confianza en él para proponer las letras y la poesía que define ideológicamente de qué tratan las canciones -cuenta Morello en el libro-. Creo que hay mucha sensibilidad en nuestras canciones. Cantamos sobre cosas como solidaridad, resistencia y lucha. Esas cosas son tan parte de la experiencia humana como el amor y las rupturas, los autos y los novatos, pero es un rincón de la experiencia humana que a menudo se descuida en el ámbito de la música pop. Hay muchas bandas que cubren el otro extremo».

Seguidores rabiosos

Antes de entrar al estudio, el tema fue registrado por la banda en un demo que se vendía por cinco dólares en sus tocatas, hacia diciembre de 1991. Con muy pocos meses tocando juntos, habían compuesto sus primeras canciones. En esa cinta estaban «Bombtrack», «Take The Power Back», «Bullet In The Head», «Darkness Of Greed», «Clear The Lane», «Township Rebellion», «Know Your Enemy», «Mindset’s A Threat», «The Narrows», «Autologic», «Freedom» y «Killing In The Name».

Por entonces, los conciertos de Rage Against the Machine eran furiosas explosiones de rock. Gracias al boca en boca, empezaron a hacerse notar. «Acumulamos seguidores rabiosos -recuerda Morello-. Hubo una especie de intensidad salvaje en esos espectáculos debido al contenido político. Era como una política de tierra quemada en el pequeño club, como si dijera: «¡No tienes ni idea de lo que estás haciendo en este momento!».

Bastaba una escucha para captar que el grupo quería seguir un camino no convencional. Así como ellos, una generación de jóvenes buscaba crear un sonido distinto. Las hombreras y las toneladas de spray para el pelo envejecieron mal, y para comienzos de los 90′ rondaba en el aire un ánimo de renovación. Por ello, a partir de la agresividad del rock, la soltura del funk y los rapeos incendiarios de Zack, el grupo dio forma musical a su fuego sagrado. Y Morello sería clave en ello.

Si Tim Commerford llevó a la banda su bagaje en hip hop y funk, el guitarrista se propuso dar un paso más allá en su gusto por el metal. Las tardes experimentando de manera radical con una llave allen como uñeta, la palanca de trémolo y sus pedales, dieron origen a varios de sus trucos más clásicos, como el hacer sonar la guitarra a la manera del scratch de un DJ, o lograr sonidos que parecían sacados de alguna antigua película de marcianos invasores. Era como juntar en un guisado a The Clash, Run-D.M.C. y Funkadelic.

«Estábamos fusionando hard rock, punk y hip-hop, y yo era el DJ», le contó años después a Rolling Stone.»Me permitió emular muchos ruidos que escuché en los registros del Dr. Dre y Public Enemy».

Cuando fue lanzada como single principal del debut homónimo, el 2 de noviembre de 1992, el tema trepó hasta el puesto 25 en el ranking UK Singles Chart. Desde allí que no ha parado de sonar. En 2008 lo hizo en los pasillos de un supermercado perteneciente a Wallmart en Inglaterra. Los clientes se quejaron. Aunque hubo cuarentones nostálgicos de los 90′ que celebraron la gracia de escuchar a los paladines del lado más crítico, en el templo máximo del capitalismo.

El grupo se presentaba al mundo con una bomba lanzada al conservadurismo de una industria que buscaba en lo alternativo algo de lucidez perdida entre tanto cosmético y brillo ochentoso. «Siempre habrá chicos que saben más sobre el tema político de una canción que nosotros. Siento que la música trasciende las palabras, es el lenguaje universal -explica Commerford- . Y si estamos en Japón o en Estados Unidos, no importa. Hay chicos que entienden lo que se dice y hay otros que no, pero lo sienten. Saben que estamos dando cada onza que tenemos, y eso es lo mejor. Hemos logrado nuestra misión».

Culto

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