«Es como ir de Puente Alto a Escuela Militar», compara un amigo mexicano sobre el tiempo de traslado entre Ciudad Satélite, un suburbio de la capital mexicana, y El Zócalo, la principal plaza de la ciudad. Se trata de una de las distancias que mejor explica el sonido mestizo de un disco como Re (1994).

En esos suburbios construidos para gente que no quiere mezclarse con otro tipo de gente, donde el centro es un mall, dos estudiantes de diseño dieron forma a Café Tacvba a comienzos de los 90.

Buscando más tranquilidad, comodidad y otras cualidades del argot inmobiliario fue que algunas familias decidieron pagar sus impuestos en esa ciudad fuera de la ciudad, llena de camionetas suburbanas y cuadras estructuradas en circuitos como el follaje de un árbol. El escritor Carlos Monsiváis lo dice mejor: «La gente de Ciudad Satélite es la primera generación de norteamericanos nacidos en México».

Cuando todavía eran unos veinteañeros, Rubén Albarrán y José Alfredo Rangel, los dos estudiantes y vecinos satelucos, cuestionaron ese modelo influenciados por algunos académicos de la UAM, varios de ellos chilenos exiliados y muy críticos de esos asuntos.

Rangel recuerda que les decían: «Aquí se están siguiendo modelos extranjeros, siendo que existe una riqueza propia enorme». Ese fue el punto de inflexión de los veinteañeros. Lo dice la letra de una canción aparecida en Re que lleva por título «El fin de la infancia»:

«La escribí porque una vez fuimos a un lugar del norte y vimos eso que en México se le llama ‘música de banda’, que se caracteriza por tener muchos vientos, y que en los últimos años se ha ido acelerando, más que nada porque en esa zona hay mucha cocaína. Entonces el baile es muy raro, es como frenético. La primera vez que lo vimos dijimos: ‘Esto es vanguardia’. Y eso te muestra que no tienes que irte a Nueva York ni a Berlín a buscar ideas, porque volteas y en tu propio país hay cosas que no se conocen en ningún otro lugar del mundo», explica Rangel desde una antigua entrevista.

Cuenta el guitarrista principal de la banda: «Siempre está la reflexión de ‘somos jóvenes, no podemos compararnos con una cultura como la italiana, que tiene siglos y siglos de bagaje’, ¿no? Y, sí, a lo mejor tenemos 500 años, que no es mucho en términos de cultura, pero eso igualmente te da mucho material».

En lugar de aislarse en una espiral malinchista, como la mayoría de sus vecinos de barrio, los Tacvba se voltearon hacia la Ciudad de México e intentaron mirar a la metrópolis de veinte millones de habitantes como la miran los extranjeros.

Así comenzaron a hacer turismo por su propia ciudad.

Conocieron —o se entusiasmaron o re-descubrieron— el centro, la catedral, los museos y El Zócalo, revalorizando algo que para el resto de los habitantes era simplemente el paisaje de fondo, una ciudad caótica (cuando el músico chileno Pedropiedra fue a grabar su primer disco a México, dijo del DF: «Es como estar a la salida del estadio todo el año»), pluricultural y mezcla visible de dos raíces: la indígena y la española.

Algo patente en la insurrecta «El balcón» o el bolero «Madrugal», de Quique Rangel:

«Es gigante, muy desordenada, cochina y ruidosa. Puede haber una cuestión muy flaite o muy pituca cerca», contó Pedropiedra, que estuvo varios meses en el DF.

Allí, entre casas custodiadas con guardias al lado de otras cayéndose a pedazos, y el olor a maíz y frijol que lo impregna todo, hay un abrumador desprestigio del tiempo: puedes vivir a media hora de un lugar pero te demoras dos en llegar. Albarrán lo explica así: «Tiene que ver con lo pluricultural que es México, es un concepto muy ecléctico»:

Antes de escribir Re, la banda que completan Quique Rangel —el hermano menor de Joselo— y Emmanuel del Real —hijo del trompetista Manuel del Real—, bebió de la época de oro del cine mexicano y también de las rancheras populares.

Están ahí, entre sus canciones, Pedro Infante, pero también Agustín Lara, Chavela Vargas, Jaime López y José Alfredo Jiménez.

Si en su debut de 1992 Café Tacvba quería sonar como The Smiths, pero terminaron molestando a los puristas diciendo que no eran rockeros; en Re escriben nada menos que la banda sonora del DF mexicano. Como un paseo a pie, cada una de sus veinte canciones parece un género distinto, mérito de la experimentación con guiños al sonido regional, pero también al industrial o al punk, sin miedo ni prejuicios.

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