El habitual juego de luces, humo y proyecciones, servía de grandilocuente prefacio para que Pink Floyd apareciera en escena. Como manda el rito no escrito del rock and roll la gente rompía en aplausos cuando los músicos aparecían en escenario y arrancaban con la atronadora «In the flesh». Se trataba de un grandioso concierto en la era jurásica de los estadios, con una de las bandas más grandes del momento.

Pero ellos no estaban allí.

Era una chanza. Se trataba de un conjunto de músicos con máscaras que pasaban por los Floyd originales. La idea de plantar a esa banda «sucedánea» -como les llamaba Roger Waters- que hacía el primer número, resumía el ideario de la obra que presentaban. The Wall había surgido como una metáfora de la distancia entre la obra y el público, entre marginados y poderosos, el abismo entre la cordura y la locura. Era una narración sobre tiempos en que la humanidad se vaciaba de esperanzas. Por ello, las caras daban igual. Eran otros ladrillos en la muralla.

Un mundo feliz

«Donde hay discordia, que podamos traer armonía». Esa frase, parte de una oración atribuida a San Francisco de Asís, fue pronunciada por Margaret Thatcher durante su primera alocución investida como primera ministra de Reino Unido. Lo cierto es que los buenos deseos no eran gratuitos. El desempleo, una economía en problemas y la relación conflictiva hacia la migración, indicaban que la era de esperanzas de los sesentas había dado paso a tiempos de incertezas.

Había motivos para pensar que en 1979 el mundo llegaba al borde de un cruce. Los soviéticos comenzaban a vivir su propio Vietnam en las planicies de Afganistán. En Irán el orden monárquico del Sha era derrocado para dar paso a la república islámica liderada por el ayatolá Jomeini. Mientras, Deng Xiaoping comenzaba a insertar cápsulas de capitalismo en la faraónica estructura levantada por Mao en China. Pero para la revolución no todo estaba perdido; inspirados en las experiencias de Cuba y Argelia, en Nicaragua, los sandinistas ponían fin a la dictadura familiar de los Somoza.

La situación de crisis también funcionó como catalizador creativo. En parte, la reflexión sobre el mundo en caos ya había sido trabajada por Pink Floyd en sus discos anteriores. Pero en The Wall fue distinto. «Aunque es evidente que ese disco es un poco resultado de la gira de Animals, en terminos líricos se diferencia mucho de ese album y del Wish you were here» explica a Culto el crítico de música y hombre de radio, Alfredo Lewin.

«Habla de una juventud alienada, excluida de las demandas sociales. El tema de la incapacidad de los gobiernos de Inglaterra de proponer alternativa se parece mucho a lo que pasa ahora en Chile -agrega-. El panorama del país a fines de los setenta gatilló en Roger Waters la idea de generar un trabajo único, muy personal pero también muy político, que da cuenta de lo que pasaba en la Gran Bretaña ese tiempo que es la que terminó poniendo a Margaret Thatcher en el poder, que es lo más desesperado que pudo hacer el país».

Levantar un muro

Se quitó la guitarra y sin más, salió del escenario. David Gilmour había pasado por muchas cosas. En sus primeros días en Pink Floyd tocó en miserables clubes de ciudades pequeñas para pocas personas. Pero ahora que la banda era un coloso de estadios, parecía que las alturas nublaban el goce.

Esa noche en el estadio Olímpico de Montreal, Roger Waters sucumbió ante sus fantasmas. El concierto marchaba con una soporífera normalidad, empujado por el tedio grandilocuente de las luces, proyecciones y efectos. Pero no fue hasta que un fan le gritó de manera insistente que tocaran «Careful with that axe, Eugene», un número de los viejos tiempos, que el bajista comprendió que había llegado al límite. Entonces, se dirigió al sujeto y le lanzó un escupo.

«A lo largo de los años, desarrollamos un bis definitivo, donde tocamos un blues lento de doce compases mientras el equipo retiraba gradualmente todo el equipo e instrumentos, dejando a un único músico silencioso que salía del escenario -recuerda en sus memorias el baterista Nick Mason-. En esta ocasión, David estaba tan molesto por el ambiente del concierto que se negó incluso a participar en el bis».

«Este incidente simplemente indicó que establecer cualquier tipo de vínculo con la audiencia se estaba volviendo cada vez más difícil», agregó.

En realidad, las relaciones al interior del grupo no eran buenas. Sus dos fuerzas creativas habían entrado en curso de choque. «Por un lado estaba Gilmour, que quería una banda que le proporcionase estabilidad económica, fama y libertad creativa para todos los miembros del grupo. -detalla Manuel López Poy en su libro Pink Floyd: Vida canciones simbología conciertos clave y discografía(2017, Ma Non Troppo)-. Enfrente estaba Waters, que consideraba que era el único que estaba poniendo toda la carne en el asador, arrastrando a unos compañeros poco inquietos y acomodados y que reclamaba a cambio el reconocimiento de su papel de líder y el absoluto control creativo de la banda. Mason y Wright se mantenían casi al margen».

Desde el ascenso de Roger Waters como letrista y director conceptual de facto tras el éxito de The dark side of the moon, la dinámica de grupo en Pink Floyd comenzó a tambalear como una torre de naipes. En Animals se había ocupado de gran parte del material (salvo en «Dogs», donde comparte crédito con Gilmour), quedando el resto del grupo a un lado. De hecho, era el primer trabajo en que el tecladista Richard Wright no componía absolutamente nada. Era el indicador de la tensión.

Tras la gira del dicho álbum, en que ocurrió el incidente del escupo, el cuarteto se disgregó. Gilmour y Wright lanzaron sus primeros discos como solistas, los que tuvieron escaso éxito comercial. Mientras, en los estudios Britannia Row -levantados por la banda- Mason las hacía de productor para el segundo disco de The Damned, un conjunto que era parte de una nueva sonoridad que ese verano había sacudido a Gran Bretaña de la mano del «God save the Queen» de los Sex Pistols. La premisa del No Future del punk, había conseguido conectar con una joven audiencia que se preparaba a declarar obsoleto el lenguaje más intrincado del rock progresivo.

«Britannia Row no era tan verosímil como el Palacio de Invierno, pero con el movimiento punk nos vimos en el lado equivocado de una revolución cultural, del mismo modo que estuvimos en el lado correcto durante los días del underground de 1966 y 1967 -recuerda Mason-. Se había cumplido un ciclo de diez años, y sin duda vendrían más. Los extasiados hippies enrollados de antaño son ahora padres agobiados que se quejan de la banalidad de programas como Pop Idol y las incompresibles letras que salen en el Top Of The Pops».

Pero un golpe sacudiría la modorra en el campamento Floyd. Resultó que en septiembre de 1978, el grupo y su mánager descubrieron que habian sido estafados por su contable Andrew Norton Warbug el que había desviado los dineros que el grupo invertía en diferentes negocios de alto riesgo -para librarse de los impuestos-. Aunque lograron recuperar una pequeña parte del dinero, la pérdida fue grande. En ese momento, tuvieron que volver a aplicarse al trabajo.

Obsesivo, Waters ya había trabajado en algunos demos. La idea era relatar la historia -que tenía algunos trazos de su propia biografía- de un chico, Pink, oprimido por la pérdida del padre en la guerra, la sobreprotección materna y un sistema escolar brutal. Apenas escuchó los demos, a Mason le quedó claro que había potencial. «Incluso entonces, era un trabajo nuevo e importante, y creo que todos podríamos imaginarnos interpretándolo. También fue un gran alivio para nosotros presentarnos con un concepto tan completo tan temprano en el proceso».

Pero por supuesto nada sería fácil. «Quizás lo completo de los demos de Roger dificultó a David o Rick contribuir mucho. Pero ciertamente David más tarde sintió que su contribución musical, especialmente a ‘Run Like Hell’ y ‘Comfortably Numb’ no estaba siendo bastante reconocida. Sin embargo, este potencial volcán de discordia futura aún estaba inactivo cuando comenzamos a hacer versiones aproximadas de algunas de las pistas para The Wall at Britannia Row durante el otoño de 1978».

El grupo se mudaría a Francia para trabajar el disco en los estudios Super Bear, en Niza. Allí, David Gilmour y Rick Wright, quienes compartían habitación, levantarían su propia muralla hacia Waters. El primero cada vez más distanciado y desafiante hacia la primacía del bajista; el segundo, consumido por las tensiones en su matrimonio y la adicción a las drogas, empezó a perder interés en el trabajo. «Roger y yo no nos llevábamos bien. Era algo personal. Cualquier cosa que yo trataba de hacer, él decía que estaba mal. En realidad, para mí era imposible trabajar con él», cuenta el tecladista en el libro La odisea de Pink Floyd(2005, Ma Non Troppo), de Nicholas Schaffner.

Finalmente, Waters acabó por expulsar del grupo a Wright. Se le permitió seguir como asalariado para completar el disco y tocar como músico de sesión en la gira. Pero se le apartaba de cualquier decisión en la banda de la que había sido cofundador. Con su humor inglés, Mason afirma que gracias a su nuevo estatus, Wright «fue el único que cobró».

David Gilmour y Roger Waters en uno de los conciertos de The Wall

«Hey, teacher, leave the kids alone»

Incluso para una banda a veces tan monolítica como Pink Floyd, las cosas podían cambiar. Reticentes a sacar singles, para The Wall rompieron su propia costumbre y lanzaron una canción que debe ser la más conocida del grupo. «Another brick in the wall, Pt 2». Hoy, es la más reproducida del cuarteto en Spotify.

Para Alfredo Lewin se trata del punto más alto del disco. «Es un himno crítico. Va más allá del control mental, Aldous Huxley y Orwell, ya citados en Animals, sino que toca el tema de la educación como adoctrinamiento, como reproductor de formas de poder. Es un single perfecto».

En rigor gran parte del mérito se lo lleva el productor del álbum, Bob Ezrin, quien impulsó a la agrupación a sacar un sencillo. «Nosotros habíamos abandonado la idea de lanzar singles en un ataque de pica cuando «Point Me At The Sky» no hizo mella en las listas en 1968. Bob sostiene que tal fue la falta de entusiasmo para hacer un single fue lo que hizo que solo en el último minuto la pieza se adaptó a la longitud requerida -recuerda Mason-. El tempo se fijó en 100 bpm en el metrónomo, lo que se consideró el ritmo de disco ideal, por lo que el concepto de un exitoso single disco fue forzado, para nuestro asombro. Un desconcierto que se hizo aún más fuerte cuando terminamos como número uno para la navidad del 79 en Reino Unido».

«Ezrin había producido Schools out de Alice Cooper, donde había un coro de niños que cantaban ‘salimos del colegio’ -detalla Alfredo Lewin-. Entonces él quiso recuperar el mismo espíritu de la rebelión inocente de los colegiales y colocarle como un coro repitiendo esta idea fuerza de no necesitamos educación, control mental, etc. Entonces se produjo la cojunción de ponerle un beat de música disco, una guitarra media funky de Gilmpur, y lo tenemos».

Esa atención a lo que sonaba en el momento no era tan habitual en los Floyd, según Lewin. Menos en un año en que también salieron a la venta discos como London Calling de The Clash, Unknown Pleasures de Joy Division, entre otros tantos.

«A diferencia de otros grupos como Queen, que supo dialogar más con todo lo que pasaba en el mundo con las tendencias, a Pink floyd le costaba más. Creo que con Joy Divison uno igual puede encontrar algunos puntos de comunicación en tanto esta cuestión opresiva de su naturaleza musical, y con The Clash en tanto a un grito desesperado que en Pink Floyd con el Animals y The Wall logró una identificación con gente que se siente marginada, sin alternativa. Entonces en un mundo como el del año 79, Roger Waters estaba apretando los puntos correctos como concepto de disco, que sugiere que tenemos que aguantar y resistir pese a todo».

Con un éxito en las radios, el grupo se embarcó en una gira de promoción que incluía una infraestructura colosal. Fuegos de artificio, muñecos gigantes, un muro de ladrillos de cartón, luces, la banda de imitadores enmascarados y réplicas de aviones de guerra servirían de refuerzo para la narración musical. Debido a los costes de la logistica, solo pudieron agendar una gira de 31 conciertos en cuatro ciudades: Los Ángeles, Nueva York-Uniondale, Dortmund y Londres.

Durante la gira, Waters comenzó a mascullar la idea de crear una película que le diera otra proyección a la historia. Pese a la reticencia de EMI, que obligó a buscar financiamiento en la Metro Goldwyn Mayer, el filme salió adelante. El trabajo fundamental recayó en el bajista, el artista Gerald Scarfe y el director Alan Parker, quien sugirió al protagonista, el cantante de la banda The Boomtown Rats, Bob Geldof.

«Geldof se acaba mimetizando en un papel que apenas tiene diálogos y acaba aportando una gran intensidad a la película que Mason recuerda como un despliegue de incidentes, como el rodaje de la escena de la piscina en la que Geldof pasó un mal rato por no saber nadar, el accidente de un avión Stuka que se precipitó al mar, o la participación de 2.000 skinheads medio borrachos en la escena del mitin», detalla López Poy.

Para Lewin, la película funciona como una gran adaptación del disco. “La obra de Alan Parker es insuperable porque es un ritual de paso. Uno cuando pendejo la primera vez que escuchaba el disco podía no entender todo, pero veías la película y sentía que te habían tocado el alma. Eventualmente yo he vuelto a ver The Wall y me deja seriamente tocado. Te golpea muy fuerte porque es perfecta, es la contraparte de disco, con algunas variaciones, y todo eso, logra la radiografía del alma de una persona”. -Culto-

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