Durante años, la preocupación de madres y padres frente al consumo elevado de productos dulces en la adolescencia se ha centrado principalmente en problemas como la aparición de caries o el aumento de peso. Sin embargo, evidencia científica reciente apunta a que los efectos del azúcar podrían ir más allá de lo físico y tener repercusiones en el bienestar emocional.

Una investigación desarrollada por la Universidad de Bournemouth, en el Reino Unido, encontró una asociación significativa entre la ingesta de bebidas con alto contenido de azúcar y una mayor presencia de malestar emocional en jóvenes. El trabajo consistió en una revisión de estudios publicados durante los últimos 25 años, con el objetivo de identificar patrones entre los hábitos alimentarios de adolescentes y su salud mental.
En el análisis se incluyeron diferentes tipos de bebidas endulzadas, como refrescos, energizantes, jugos procesados, leches saborizadas, así como tés y cafés con azúcar añadida. En total, se revisaron nueve investigaciones, la mayoría realizadas en China y Canadá, que abarcaron a más de 73.000 participantes.
Los resultados mostraron que, a mayor consumo de este tipo de productos, mayor era la probabilidad de que los jóvenes manifestaran signos de malestar emocional. Incluso, un metaanálisis de los datos reveló que quienes ingerían grandes cantidades de estas bebidas presentaban un 34 % más de probabilidades de desarrollar trastornos relacionados con la ansiedad.
Los autores del estudio aclararon que los hallazgos reflejan una asociación, pero no permiten establecer una relación directa de causa y efecto. Esto implica que no se puede afirmar con certeza si el consumo elevado conduce al malestar emocional o si, por el contrario, los adolescentes que ya presentan este tipo de síntomas recurren con mayor frecuencia a estas bebidas como una forma de afrontar el estrés. Además, factores como la falta de sueño o altos niveles de presión diaria podrían influir tanto en los hábitos de consumo como en la salud mental.
La ansiedad figura entre los problemas de salud mental más frecuentes en niños y adolescentes a nivel mundial. En este contexto, la profesora Chloe Casey, coautora del estudio y especialista en nutrición de la Universidad de Bournemouth, señaló que las políticas de salud pública suelen centrarse casi exclusivamente en los efectos físicos de una alimentación poco saludable, como la obesidad o la diabetes tipo 2.
“Las consecuencias para la salud mental han recibido mucha menos atención, especialmente cuando se trata de productos con alto contenido energético pero bajo valor nutricional”, indicó Casey en un comunicado. A su juicio, comprender el impacto de la alimentación en el bienestar emocional es clave para diseñar estrategias de prevención más integrales.
Los investigadores subrayaron que los trastornos emocionales en la adolescencia han mostrado un aumento considerable en los últimos años, por lo que identificar hábitos cotidianos que puedan modificarse representa una oportunidad para frenar esta tendencia.
Finalmente, organismos de salud pública de Estados Unidos, como los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), recomiendan replantear las opciones de bebidas en la dieta diaria y disminuir el consumo de azúcares añadidos como parte de un enfoque integral para mejorar la salud general.
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