La disminución de la densidad mineral ósea se ha convertido en un problema de salud pública a nivel mundial, afectando a cerca del 40% de la población adulta, según datos difundidos por The Conversation. Esta condición incrementa considerablemente el riesgo de fracturas y se presenta con mayor frecuencia en mujeres después de la menopausia y en adultos mayores, aunque puede aparecer en cualquier etapa de la vida adulta .

En países como el Reino Unido se reportan más de 500 mil fracturas al año relacionadas con la baja densidad ósea, una cifra que refleja la magnitud del problema y la importancia de fortalecer la prevención y el diagnóstico temprano. A diferencia de la osteoporosis, que representa una pérdida mucho más severa y eleva el riesgo de fracturas incluso con caídas leves, esta condición se considera una fase de advertencia en la que la densidad ósea ya está por debajo de lo normal, pero todavía no alcanza el nivel de enfermedad grave .
La Cleveland Clinic explica que esta etapa intermedia puede ser el paso previo a una afectación más seria, aunque no siempre progresa si se toman medidas adecuadas. Uno de los principales retos es que suele avanzar sin síntomas visibles, por lo que muchas personas descubren el problema únicamente después de sufrir una fractura o mediante estudios especializados como la densitometría ósea .
El hueso no es una estructura estática, sino un tejido vivo que se renueva constantemente a través de un proceso llamado remodelación ósea. Durante la adultez temprana existe un equilibrio entre la destrucción del hueso viejo y la formación de nuevo tejido, pero a partir de los 25 o 30 años este balance cambia y la pérdida comienza a superar la regeneración, provocando una disminución gradual de la masa ósea .
El envejecimiento es el principal factor de riesgo, aunque también influyen los cambios hormonales, especialmente en las mujeres. La reducción de estrógenos después de la menopausia acelera la degradación ósea, ya que estas hormonas ayudan a proteger la estructura del hueso. Según especialistas, una de cada dos mujeres mayores de 50 años sufrirá una fractura por fragilidad relacionada con este proceso .
Los hábitos de vida también tienen un impacto importante. Fumar, consumir alcohol en exceso, el sedentarismo y una dieta baja en calcio y vitamina D aumentan la vulnerabilidad. Además, algunas enfermedades como la enfermedad de Crohn o la celiaquía, así como el uso prolongado de esteroides, pueden acelerar la pérdida de masa ósea al afectar la absorción de nutrientes o alterar el equilibrio hormonal .
El diagnóstico se realiza mediante una densitometría ósea DXA, una prueba radiológica de baja dosis que permite medir la densidad mineral de los huesos. Los resultados se interpretan mediante la puntuación T: valores entre -1.0 y -2.5 indican esta fase intermedia, mientras que cifras inferiores a -2.5 corresponden a osteoporosis. El tratamiento dependerá del riesgo individual de fractura, ya que no todos los pacientes necesitan medicamentos y muchos pueden controlar la situación con cambios en su estilo de vida .
Las principales recomendaciones incluyen dejar de fumar, reducir el consumo de alcohol, mantener un peso saludable y realizar ejercicio regular, especialmente actividades con carga como caminar, bailar o trotar. También se recomienda el entrenamiento de resistencia para fortalecer músculos y mejorar el equilibrio, reduciendo así el riesgo de caídas. La alimentación rica en calcio y vitamina D, presente en lácteos, vegetales de hoja verde y alimentos fortificados, resulta esencial para proteger la salud ósea, y en algunos casos puede requerirse suplementación .
Cuando el riesgo de fractura es alto o ya existe una fractura previa, los especialistas pueden indicar medicamentos antirresortivos, que ayudan a disminuir la degradación ósea y conservar la densidad mineral. Más que una simple etapa previa, esta condición debe entenderse como una señal de alerta que permite actuar a tiempo y evitar complicaciones mayores. La detección temprana y la modificación de hábitos siguen siendo las herramientas más importantes para preservar la salud del esqueleto y reducir el riesgo de fracturas futuras.
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