La diferencia en la incidencia de este trastorno neurológico entre sexos ha sido objeto de estudio durante años. Un reciente análisis internacional difundido en la revista The Lancet Neurology aporta nueva evidencia: en la población adulta, la probabilidad de padecer estos episodios es considerablemente mayor en mujeres que en hombres, y el tiempo total de afectación también resulta superior en ellas. El trabajo incluyó a 41,000 personas de 18 países y evaluó tanto la frecuencia como la duración de los episodios mediante encuestas detalladas.

Los resultados muestran que, además de presentar más casos, las mujeres acumulan una carga temporal mayor asociada a esta condición, lo que repercute de forma directa en su bienestar, productividad y vida cotidiana. Investigaciones previas ya habían señalado diferencias en la prevalencia, pero este estudio profundizó por primera vez en cómo varían los periodos de afectación según sexo y edad, confirmando un impacto desproporcionado en la población femenina.
Desde el punto de vista clínico, este trastorno va más allá de un dolor de cabeza común. Los episodios suelen acompañarse de náuseas, vómitos, agotamiento y una marcada sensibilidad a la luz y a ciertos olores. Los mecanismos biológicos aún no están completamente esclarecidos, aunque se reconoce la participación del sistema trigémino-vascular, una compleja red de nervios y vasos sanguíneos cuya activación y dilatación desencadenan el dolor característico.
Los factores que precipitan las crisis son variados: predisposición genética, hábitos alimentarios inadecuados, privación del sueño y, de manera destacada en mujeres, las fluctuaciones hormonales. A ello se suma el uso inadecuado de analgésicos, que puede empeorar el cuadro y derivar en cefaleas asociadas al abuso de medicamentos. El equipo dirigido por Andreas Kattem Husøy estima que una proporción significativa de estos episodios podría prevenirse con un uso correcto de los fármacos.
Las variaciones hormonales figuran entre las explicaciones más estudiadas para comprender la brecha entre hombres y mujeres. Numerosos trabajos apuntan al papel del estrógeno y la progesterona en la aparición y prolongación de las crisis, dado que existen receptores de estas hormonas en el sistema trigémino-vascular. Una hipótesis planteada en la década de 1970 sugiere que la disminución abrupta del estrógeno —como ocurre antes de la menstruación— actúa como detonante. La evidencia muestra que antes de la pubertad la incidencia es similar entre niños y niñas, pero tras la menarquia el riesgo aumenta en ellas; durante el embarazo suele reducirse, mientras que en la perimenopausia tiende a intensificarse debido a las oscilaciones hormonales.
No obstante, el fenómeno no se explica únicamente por las hormonas. No todas las mujeres presentan crisis asociadas al ciclo menstrual y muchos hombres también se ven afectados. Especialistas subrayan que la base científica de la hipótesis hormonal, aunque sólida, aún es incompleta y se apoya en estudios con limitaciones. Por ello, la investigación actual explora rutas moleculares adicionales y la interacción de múltiples factores biológicos.
Pese al mayor impacto en mujeres, durante décadas existió un déficit de estudios enfocados en sus particularidades biológicas. Prejuicios históricos influyeron en la percepción médica, que en el pasado llegó a atribuir estos cuadros a causas psicológicas, restando atención a su carácter neurológico. Esta visión contribuyó a una menor inversión en investigación sobre salud femenina, con efectos que todavía se reflejan en la práctica clínica.
La carga global de esta afección es considerable: se encuentra entre las principales causas de discapacidad a nivel mundial y es una fuente relevante de ausentismo laboral. En mujeres, el impacto suele ser especialmente intenso en la tercera década de vida, cuando confluyen responsabilidades laborales y familiares, y vuelve a aumentar en etapas de transición hormonal.
Frente a este panorama, los equipos científicos intensifican sus esfuerzos para comprender las diferencias por sexo y avanzar hacia terapias más específicas. Investigaciones recientes han explorado el papel de la progesterona en modelos animales, observando cambios significativos en la respuesta a los síntomas al modular sus receptores. Aunque estos hallazgos aún deben confirmarse en humanos, abren la puerta a tratamientos adaptados a la biología femenina.
Avanzar en el conocimiento de los mecanismos subyacentes y dejar atrás los sesgos históricos resulta clave para desarrollar abordajes más eficaces y personalizados. Solo mediante una comprensión integral será posible reducir la carga desproporcionada que esta condición impone a millones de mujeres en todo el mundo.
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