Después de ver Pepita la Pistolera, la nueva película de Lucía Puenzo, quedé pensando en la acumulación de heridas que puede atravesar una persona hasta llegar a situaciones extremas. También en ese recorrido doloroso por el cual alguien que sufrió violencia puede terminar ejerciéndola contra otros y, posteriormente, volver a ocupar el lugar de víctima. Se forma así un círculo en el que el daño cambia de dirección, pero no desaparece.

La película presenta apenas una parte de la historia de Margarita Di Tullio. Por eso sentí la necesidad de conocer más sobre su infancia. Al hacerlo, regresaron a mi memoria algunas escenas observadas en la práctica clínica.
Recordé a un niño que crecía rodeado de maltrato, aunque no recibía golpes. Lo despreciaban, lo aislaban y le hacían sentir que su presencia resultaba molesta. Sus padres lo llevaron al consultorio porque, según decían, tenía dificultades para aprender.
Durante las sesiones descargaba su sufrimiento sobre los juguetes. Ataba a un mono de peluche, estiraba sus extremidades, abría los osos y les arrancaba el relleno. También hundía un lápiz en los ojos de las muñecas. Sus juegos expresaban un dolor y una furia que todavía no podía nombrar.
Una intensidad semejante atraviesa la interpretación de Luisana Lopilato en su papel de Margarita Di Tullio, conocida como Pepita la Pistolera.
Pepita creció con un padre que deseaba tener un hijo varón. De acuerdo con distintas reconstrucciones periodísticas, Antonio la vestía como niño y la obligaba a enfrentarse por dinero con varones mayores. A los siete años ya la enviaba a robar y también la golpeaba.
En la adolescencia abandonó su hogar después de recibir una paliza que le provocó lesiones graves. La película muestra que posteriormente fue sometida a la prostitución, aunque no establece con precisión cuándo comenzó esa explotación. Todo indica que pudo haber ocurrido cuando todavía era muy joven.
Años después, aquella niña apareció convertida en una mujer vinculada con homicidios y con la administración de prostíbulos donde otras mujeres también eran explotadas. Su historia no permite establecer una relación automática entre el sufrimiento y el delito, pero sí obliga a preguntarse qué sucede cuando una infancia transcurre entre abusos, abandono y violencia constante.
Otro caso que vuelve a mi memoria es el de Cayetano Santos Godino, conocido como el Petiso Orejudo. Las investigaciones sobre su vida describen un hogar marcado por el alcoholismo y las agresiones. Su padre golpeaba a su esposa y a Cayetano, y su hermano mayor también lo maltrataba. Desde muy pequeño pasaba largos periodos en la calle y fue expulsado de distintas escuelas.
Antes de cumplir ocho años ya había atacado gravemente a un niño de dos. Luego llegaron las intervenciones policiales y los ingresos a reformatorios. La violencia que padecía convivía con una crueldad cada vez mayor hacia otros niños.
Godino se ganaba la confianza de sus víctimas y las conducía a lugares apartados. Uno de los episodios más estremecedores fue el asesinato de Jesualdo Giordano, de tres años. Le ofreció caramelos, lo llevó hasta una quinta, lo inmovilizó e intentó estrangularlo. Después utilizó una piedra para introducirle un clavo en la cabeza.

Tiempo atrás vi una obra teatral centrada en sus años de encierro en el extremo sur de Argentina, una etapa menos conocida de su historia. Murió a los 48 años en el penal de Ushuaia. La versión oficial atribuyó su muerte a una hemorragia interna, aunque las circunstancias nunca quedaron completamente esclarecidas. Su final también estuvo rodeado de brutalidad.
Pienso, a su vez, en otro paciente que llegó a la adultez cargando el recuerdo de los encierros sufridos durante la niñez. Sus padres lo apartaban para que no molestara y manifestaban rechazo hacia él debido a su peso. Este hombre nunca lastimó a nadie. Sin embargo, desarrolló fantasías sádicas en las que alternaba los papeles de víctima y agresor. Eran imágenes difíciles de reproducir fuera del ámbito clínico, pero daban cuenta de un sufrimiento que no había encontrado otra forma de expresión.
Ningún niño llega al mundo destinado a robar, matar o torturar. Tampoco una niña nace para ser prostituida. Sonia Sánchez y María Galindo lo plantean con contundencia en su libro Ninguna mujer nace para puta, dedicado a quienes, como Pepita, fueron empujadas hacia los márgenes de la sociedad.
Numerosas investigaciones han estudiado la relación entre el maltrato durante la infancia y la aparición posterior de conductas agresivas o delictivas.
Un estudio publicado en 2018 por la Universidad Católica Argentina analizó las historias de diez hombres privados de libertad y procesados por delitos violentos en Paraná. En todos los casos se identificaron antecedentes de maltrato infantil, entre ellos agresiones físicas, violencia psicológica, negligencia o exposición a hechos violentos dentro del hogar. Aunque se trata de una muestra pequeña, la coincidencia resulta significativa.
Otros trabajos reunieron datos de miles de personas para examinar la conexión entre la violencia recibida y la ejercida. Un metaanálisis publicado en 2023 por investigadores del Departamento de Psicología de la Universidad Normal del Oeste de China revisó 51 estudios y concluyó que las conductas agresivas aparecían con mayor frecuencia entre quienes habían sufrido maltrato durante la infancia.
La crianza, el entorno, la soledad, el abandono, el miedo y las atrocidades padecidas pueden afectar profundamente la capacidad de sentir empatía. En ciertos casos, reproducir de forma activa lo que antes se sufrió desde la indefensión funciona como un intento de procesar una experiencia traumática. Sin embargo, repetir el daño no equivale a comprenderlo ni a superarlo.
Esto no significa que todas las personas maltratadas durante la niñez se conviertan en agresoras. Muchas desarrollan recursos para protegerse, construyen vínculos saludables y jamás ejercen violencia contra otros. Lo que sí aparece con frecuencia en las historias de numerosos perpetradores es una infancia o adolescencia atravesada por alguna forma de abuso, abandono o humillación.
Reconocer esa relación no elimina la responsabilidad de quien comete un delito ni disminuye la gravedad del sufrimiento causado a las víctimas. Comprender el origen de ciertas conductas tampoco equivale a justificarlas.
La verdadera enseñanza se encuentra en otro lugar: una sociedad que ignora el dolor de sus niños corre el riesgo de encontrarse años después con las consecuencias de ese abandono. Por eso es necesario intervenir cuando el daño comienza, proteger a quienes todavía dependen de los adultos y ofrecer espacios donde el sufrimiento pueda ser escuchado y elaborado antes de transformarse en nuevas formas de violencia.
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