Por qué buscamos consuelo en la comida
Por qué buscamos consuelo en la comida
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Buscar consuelo en la comida después de un día difícil, un episodio de ansiedad o una pérdida personal es una experiencia cada vez más común. En muchos casos, comer deja de responder al hambre física y se convierte en una forma silenciosa de calmar emociones que no siempre sabemos cómo expresar. Así surge el llamado hambre emocional, una conducta extendida en la vida moderna que impacta tanto la salud mental como la física.

Lejos de ser un problema aislado, el hambre emocional atraviesa edades, culturas y contextos sociales. Afecta a adolescentes, adultos y personas mayores, y suele instalarse de manera casi imperceptible, hasta convertirse en un patrón difícil de romper.

Un comportamiento más frecuente de lo que parece

Datos citados por Psicología y Mente a partir de la Organización Mundial de la Salud indican que más del 40 % de los adultos reconoce comer por razones emocionales al menos una vez por semana, especialmente tras episodios de estrés, tristeza o duelo. Esta respuesta no discrimina por edad y refleja una forma aprendida de gestionar el malestar.

La doctora Verónica Espinoza, nutricionista clínica y psicóloga, explica que el hambre emocional “no busca nutrir el cuerpo, sino llenar un vacío interno que muchas veces no se reconoce”. Esta desconexión entre emoción y necesidad física suele desencadenar un círculo de culpa, restricción y sobreingesta, afectando la autoestima y el bienestar general.

Cuando el alivio se transforma en riesgo

En situaciones más complejas, comer como respuesta emocional puede evolucionar hacia trastornos de la conducta alimentaria, como bulimia, anorexia o trastorno por atracón. La American Psychiatric Association estima que cerca del 9 % de la población mundial experimentará algún trastorno alimentario a lo largo de su vida, frecuentemente asociado a ansiedad, depresión o experiencias traumáticas.

Investigaciones citadas por Psicología y Mente señalan que, durante los atracones, se activa intensamente el sistema dopaminérgico del cerebro, responsable del placer. Esto produce una sensación inmediata de alivio, seguida casi siempre de culpa o vergüenza. Para la psicoterapeuta Mónica Rivas, estos cuadros “no son problemas de voluntad ni de dieta, sino expresiones emocionales de un cuerpo que intenta recuperar control frente a circunstancias difíciles”.

A ello se suma la presión social sobre la imagen corporal. El uso intensivo de redes sociales y los estándares estéticos impuestos incrementan la insatisfacción corporal, especialmente entre adolescentes y mujeres jóvenes, favoreciendo restricciones alimentarias y una relación conflictiva con la comida.

Caminos para sanar la relación con la comida

Abordar el hambre emocional requiere un enfoque integral. El Centro de Bienestar Emocional Esencia destaca la importancia de la alimentación consciente, que permite reconectar con las señales reales del cuerpo y disminuir la ingesta impulsiva.

La terapia cognitivo-conductual ayuda a identificar emociones y pensamientos automáticos que detonan el hambre emocional, reduciendo la culpa asociada al acto de comer. A su vez, la psicoeducación nutricional desmonta la idea de “alimentos buenos o malos” y promueve una relación más flexible y respetuosa con la comida.

Otras herramientas, como la terapia de aceptación y compromiso, fomentan la autocompasión y la aceptación corporal, mientras que los grupos de apoyo, presenciales o virtuales, ofrecen contención y rompen el aislamiento que suele acompañar estos procesos.

Volver a comer desde el cuidado y no desde la culpa

Sanar la relación con la comida implica aprender a escuchar las emociones sin castigarse por ellas. Cuando el acto de alimentarse deja de estar cargado de juicio, miedo o ansiedad, la comida recupera su lugar como un gesto de cuidado y equilibrio.

Reconocer lo que sentimos, respetar nuestros tiempos y tratarnos con mayor compasión permite transformar la alimentación en una aliada del bienestar. Así, la comida deja de ser un refugio doloroso y se convierte en una oportunidad de autoconocimiento, salud integral y reconciliación con el propio cuerpo.

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