¿Quién forma a los jóvenes en la era de las pantallas?
¿Quién forma a los jóvenes en la era de las pantallas?

En muchos hogares, la escena se repite a diario: un adulto pide apagar el celular y un adolescente no responde, absorto en la pantalla. Lejos de ser un simple acto de rebeldía, esta situación refleja un cambio profundo en la forma en que se distribuye la atención, un recurso cada vez más disputado.

El problema no radica en los dispositivos, sino en los entornos digitales que los rodean. Estas plataformas están diseñadas para captar y retener el interés de manera constante, convirtiendo cada segundo en un valor económico. En ese contexto, los jóvenes no solo utilizan la tecnología, sino que se desenvuelven dentro de espacios que influyen en sus hábitos, emociones y relaciones.

Organismos como UNICEF y UNESCO han advertido que el uso intensivo y sin regulación puede vincularse con dificultades de concentración, alteraciones del sueño, ansiedad y debilitamiento de los vínculos presenciales. Sin embargo, también subrayan un aspecto clave: el impacto depende en gran medida del acompañamiento adulto.

Durante años, la educación se basó en normas claras y obediencia. Hoy, ese modelo enfrenta tensiones. Las dinámicas familiares han cambiado, los roles son más flexibles y, en muchos casos, los límites menos definidos. A esto se suma una contradicción evidente: adultos que piden desconexión mientras permanecen permanentemente conectados.

En este escenario, la infancia y la adolescencia crecen en un entorno que compite con experiencias fundamentales como el juego libre, la creatividad espontánea o el contacto cara a cara. No se trata de falta de interés por aprender o relacionarse, sino de una competencia desigual frente a sistemas diseñados para no soltar la atención.

Por eso, reducir el problema a una simple orden resulta insuficiente. Educar en este contexto implica comprender que no todos los usos son iguales. Existen prácticas que potencian el aprendizaje y la creatividad, así como otras que pueden generar dependencia y fragmentación emocional.

También exige dejar atrás la lógica del control sin diálogo. Como plantea Daniel Goleman, la autorregulación no se impone, se aprende. Y ese aprendizaje ocurre cuando hay adultos presentes, coherentes y emocionalmente disponibles.

Esa presencia no se limita a vigilar, sino que implica escuchar, interesarse y construir acuerdos sobre tiempos de uso, espacios sin tecnología y momentos de descanso. Más que imponer reglas, se trata de acompañar.

El riesgo no está únicamente en la conexión, sino en la soledad dentro de ella. Muchas veces, la intervención llega cuando ya hay señales visibles como bajo rendimiento, aislamiento o conflictos. Sin embargo, los indicios aparecen antes: cambios de ánimo, problemas de sueño o una necesidad constante de validación.

Detectarlos a tiempo no significa controlar más, sino cuidar mejor.

Y hay un punto inevitable: los adultos también deben revisar su propio vínculo con la tecnología. No es posible enseñar equilibrio desde la hiperconexión ni exigir coherencia sin practicarla.

Educar en la era digital no es un desafío técnico, sino humano. Implica recuperar el valor del diálogo, del tiempo compartido y de los límites con sentido. Formar personas capaces de elegir en un entorno que muchas veces decide por ellas.

Al final, la pregunta no es cuánto tiempo pasan los jóvenes frente a una pantalla, sino quién los acompaña a aprender a desconectarse.

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